Traidor

Traidor
Evitando el ablande.

lunes, 31 de marzo de 2014

Media hora de silencio




1

Las blancas nubes
                                llegaron
              como aves
                                y el sol se ocultó.

Sopló el viento
                        y bailó
                        sin sonido
                                     la copa del árbol.

El claro manantial
cesó en su eterno brotar
y la piedra se secó.

El pequeño zorro gris
sabiendo de qué se trataba
                                   corrió a su escondite.

Las olas
             lamieron
la arena
por última
vez.
       Luego
                 se aquietaron.

Los peces
                 del río
                            nadaron.

La roja rosa
             roja
floreció
            junto a la
                           gruta.

El gorrión
                de suaves plumas
infló su
            pecho
sin cantar.

Asustada
               huyó
 hacia el
             monte
    la serpiente.

La langosta partió
                       dejando atrás
el árbol
             pelado. La
estación
              de las flores
                                   ya
no
        volvería.

Venía
          el Cielo,
tragaba
             el Fuego
que  no  descansa.


2

Venía,
           tragaba,
                         estaba presto.

Se estremeció
               calladamente
la tierra de los hombres.

La urbe detuvo su andar,
el
    grillo
             cantó
                       sólo
                una
         vez
más.

El temor
cubrió los corazones.

Cada madre
                    buscó a
                                 su hijo.

Dejó su arma
                      el cazador
y el alegre bebedor
                               volvió a su casa.

El esclavo
dominó
su pánico
y contempló
sus              pesadas
cadenas.
               Sonrió.

Miró el hombre
                         al Hombre
y comprendió.
Su espíritu
                  permaneció
                                      quieto,
expectante.

El rumor zumbante
                           de la plegaria
se apagó
                y enmudeció
la candela
                 en el templo.

                                      El

mendigo             ciego
aliviado                 oyó
aquel               silencio
          de media hora.

3

Venía,

          como ladrón en la noche.

Siete templos cayeron

                                    sin estrépito
                                                       como estrellas
y sólo una columna quedó muda
                                                    y en pie.

Una piedra blanca

                             diminuta
con un nuevo nombre escrito en ella
                                                          rodó
                                                                 hasta los pies del justo
revelando así
                                                                 el secreto.

El suelo devolvía a las antiguas viejas olvidadas enterradas generaciones, resucitadas luego de siglos de tormento sin esperanza, de paz incomunicable a los vivos, de anhelo, y luego de décadas de amores, odios, hastío y violencia, hambre y frustraciones, siglos y siglos y siglos de aislamiento. Y cada demonio reclamaba su parte y trabajaba en llevar agua a su oloroso molino. Y había lucha, porque los ángeles no cedían en su empeño y su acero rebanaba miembros que caían sin vigor en ningún lado crispados aún, y había fuego y luz y sombras, porque de la luz viene la sombra; lucha resignada porque al final, no estaba en ellos el obtener la victoria o caer derrotados porque ya todo había sido decidido y escrito en otros tiempos y aún los perdedores, estúpidamente, habían estado de acuerdo. Y esto era negado por los primeros necios, aunque los demás corrían a orar, y los que poseían la esperanza en el signo sonreían sin sorna, con reposada beatitud.

4

Y los objetos quedaron inertes
                                                 olvidados
                                                                 por sus dueños,
                          algunos
                                       suspendidos
                                                            y otros
                                                tirados.
La materia cambiaba.

Y ya todos sabían
oían la música en su interior,
miraban, buscaban,
elevaban la visión
y caminaban hacia allí.


Y la bóveda gris se agrietó.
Y la luz surgió como rayo.
Y estando repleto el monte,
el signo magno apareció
y el que escudriña las entrañas
                                                   y también los corazones
se adelantó
                   envuelto en silencio

                             y dijo:
He llegado.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Oda a los saqueos


¡Ah, el saqueo! ¡Cómo me llama el saqueo!
¿Acaso no lo oyes? ¿No lo ves, ahí agazapado, susurrándote palabras dulces?
¿No son esas promesas caricias para el alma?
¿Lo sientes? Es el calor decembrino,
la humedad prenavideña,
que como cada año nos anuncia
el inicio de la temporada de saqueos.

¡Oh, los saqueos!
Esa promesa de amor
y movilidad social ascendente por una semana
o un día
y satisfacción inmediata de necesidades básicas
como whisky y sidra y LCD
que se renueva cada verano
pulsando nuestra cuerda más íntima.

¡Uh, los saqueos!
Y esa invitación a tomar todo lo que se pueda,
a correr el riesgo
de atravesar la avenida
en ojotas
cargando una media res
transpirando.
El tiro policial o comerciante por la espalda,
eternamente inminente,
el incendio, el caos,
el bardo, el quilombo
y llevarse hasta el arbolito de Navidad
del chino puto.

¿No oyes cantar los pájaros?
Sus trinos gritan “¡saqueo!”
y “¡muerte a la yuta!”,
nos convocan a la gran reunión,
la gran intifada,
la comunión nacional
de las góndolas arrasadas
los vidrios astillados
las gomas quemadas.

¡Salid, compañeros!
¡Saquead, camaradas!
Que el Servicio Meteorológico anuncia
42 grados de sensación
y cajones de vino a granel
para los valientes.
Saqueadores de mundo, uníos.
Gordas del conurbano, estad prestas.
Temblad, Ribeiros e HiperRodós del mundo.
Los días sin Estado nos llaman a gritos y a piedrazos.

¡Ah, el saqueo!
Esa pequeña vacación antes de las vacaciones
en la pelopincho
que tanto nos pide nuestro ser,
porque ¿cómo sería vivir sin crisis?
¿qué es eso que llaman paz,
descolorida y sin gusto?

¡Oh, diciembre! ¡Oh, calor! ¡Oh, caos, dulce caos!
Te pertenezco.

jueves, 24 de octubre de 2013


Me senté a comer en el lugar de siempre, en una mesa contra la ventana. Había unos tipos con unas máquinas asfaltando la calle.

Las máquinas eran de Maquivial, la que en los '90 esponosreó a Platense y le hizo la tribuna visitante a cambio. Maquivial queda en Don Torcuato, que queda en Tigre.

Un camión con acoplado iba vertiendo el asfalto en piedritas en una máquina zarpada que, a su vez, iba veritiendo el asfalto en la calle formando una cinta negra y rugosa. A la máquina la manejaba un tipo desde arriba. Al costado iba otro tipo, ajustando unas perillas y perforando la cinta asfáltica con un fierrito. Atrás, a pie y a cada lado de la cinta, iban unos tipos con una especie de repasador de pisos de fierro. Iba uno de cada lado, emparejando el asfalto. El del lado de la vereda era más viejo que el otro y mucho más lento y menos prolijo.

Pedí costilla de cerdo con puré de papas.

Atrás de todo eso venía una aplanadora. Unas mangueras le tiraban agua permanentemente a las dos ruedas de acero gigantes de la aplanadora. Esta máquina aplastaba el macadán, lo compactaba.

Los gallegos le dicen macadán al asfalto porque parece que a este modo de asfaltar lo inventó un tal MacAdam. Gracias, Bruguera, por tus traducciones.

La moza era un gordita petisa, rubia y con los costados de la cabeza rapados. Era amable. Una familia de chetos sentada en una mesa grande la estaba volviendo loca.

A la aplanadora la manejaba un tipo bastante viejo también. Dejaba el asfalto plano pero granulado a la vez. También la aplanadora dejaba un reguero marrón de agua con óxido.

Llegó mi plato. En vez de una costilla, como esperaba, vinieron dos. Estaban buenas, a punto, pero parecía como si la plancha hubiera estado sucia, como si antes se le hubiera quemado algo al cocinero y no hubiese podido limpiarla bien.

Primero un auto se metió por la calle, que estaba cortada. Un viejo en una mesa cercana a la mía se indignó con el pelotudohijodeputa que estaba metiéndose así por un lugar tan notoriamente clausurado. Uno de los tipos que estaba trabajando en el asfaltado también se indignó. Estaba fumando un pucho y gesticulando caliente. Cuando se bajó el vidrio resultó ser que el pelotudohijodeputa era una pelotudahijadeputa que vivía en esa cuadra o algo así. Finalmente el tipo la dejó pasar.

El puré estaba hecho con toda la mala leche del mundo. Tenía un sabor a hospital increíble y estaba apelmazado a más no poder. Era como silo hubieran calentado mil veces al microondas.

Después se metió una moto, esta vez sobre el asfalto recién colocado. El motoquero frenó, pegó la vuelta, se subió a la vereda y siguió por ahí. Entonces los tipos que estaban trabajando decidieron que era un buen momento para poner una cinta a lo ancho de la calle prohibiendo el paso sin ambigüedades.

Los chetos de la mesa pedían milanesas, pepsis, suspendían las milanesas y las volvían a pedir. Arriba de ellos estaba el televisor. TyC mostraba los goles de los argentinos en el mundo. Un tal Bordaberri clavó un golazo mano a mano con el arquero. Definió poniéndose medio de costado justo antes de patear, como mostrándole al arquero lo que iba a hacer y lo imposible que era que lo detuviese.

Ahora el indignado de la mesa estaba indignado por no sé qué materiales de construcción que no le entregaban. Se lo contaba a sus dos compañeros diciendo que eran todos una manga de hijos de puta.

Pero la costilla estaba muy bien.

La moza se había ido al baño o algo así.

El tipo de la máquina grande paró todo, abrió una especie de baúl y sacó un envase de coca de plástico retornable. Se lo pasó a otro que estaba abajo y que tenía un billete de diez pesos en la mano.

Los chetos hablaban de cómo votar. Una chica joven no había votado en las PASO y no estaba segura de poder votar el 27 de octubre.

Sonaba de fondo una música en francés, como música country en francés. La mina que atendía el mostrados tenía unos tatuajes grossos en cada brazo.

Llegó otra moto. Se le había enredado en la rueda de atrás la cinta preventiva que acababan de poner los tipos que estaban trabajando. Se detuvo sobre el asfalto nuevo y sacó la cinta. Se dio vuelta y se fue.

El puré se me estaba atrancando en el estómago. Como si hubiera tragado boligoma.

Ahora TyC mostraba a Messi con sus cuatro balones de oro. El zócalo decía algo del libro Guinness del fútbol. Una cheta vieja decía “ah, joven, si recién jubilado, joven”.

Me agarró sueño y pedí la cuenta. Justo en ese momento parece que todo el mundo pidió la cuenta.

Almorzar tarde me cae muy pesado. El puré me estaba quemando el estómago.

El indignado hablaba por celular. Una vieja cheta miraba su blackberry con funda celeste de goma. Entró una mina joven a la que toda la familia cheta parecía estar esperando. Explicó que con esos zapatos se había caído tres veces y todos se lo festejaron mucho. Incluso un pibe joven con cara de pelotudo que probablemente fuera el hermano así que no debía de tener ningún interés en levantársela. Igual le festejó mucho la anécdota. Increíblemente. Una de las viejas chetas le dijo a la moza “ahora sí, la milanesa”.

Llegó el tipo con la coca y todos tomaron. El nuevo record de TyC era el arquero con más goles convertidos en un solo partido: Chilavert.

Esa gente cheta no parecía tener ninguna obligación. Era mediodía pasado de día de semana y estaban todos ahí festejando que la piba esa se había caído tres veces. 87% de certeza de que eran felices.

Pagué y me fui. Miré a la moza para saludarla pero estaba de espaldas y me fui.

Cuando salí me desvíe unos metros para la derecha y pisé el asfalto blandito y calentito con mis zapatillas. Blandito y calentito como el puré que estaba en mi panza. Y pegajoso. Las zapatillas se me pegaban a la vereda al caminar y tenía sueño y puré choto en el estómago y esa gente era feliz un miércoles al mediodía.

jueves, 6 de junio de 2013

Chomei



En el Japón antiguo vivió Kamo-no-Chomei. Su padre era un sacerdote sintoísta de bastante influencia en la corte imperial, por lo cual él fue criado desde chico en el ambiente del templo y ya desde temprano tuvo contacto con la poesía y la música.

Cuando Chomei tenía 17 o 18 años su padre murió. Esta muerte lo afectó mucho y marcó fuertemente su carácter. Chomei se volvió entonces más reservado de lo que ya era. Se dedicó con empeño al estudio de la música y sobre todo de la poesía.

También se volvió más observador. Esta cualidad lo convirtió en un peculiar testigo de la época que le tocó vivir. El Japón de esos años sufrió muchas catástrofes naturales y también sufrió vaivenes políticos abruptos. Cuando suceden esas idas y vueltas bruscas en la política de un país el que más sufre es siempre el pueblo.

Chomei presenció un gran incendio en Kioto, la ciudad en la que vivía. Allí, tanto ricos como pobres perdieron sus casas, sus posesiones y hasta sus vidas. Un tercio de la ciudad fue devorado por las llamas.

Pocos años después Kioto volvió a sufrir calamidades, pero esta vez debido a un tornado. Chomei estaba allí y vio cómo los tejados, las puertas y las casas enteras (que eran de madera) volaban por los aires. Mucha gente quedó lisiada y mucha otra murió.

En ésa época Kioto era la capital de Japón. De repente, un día el emperador decidió que ya no lo sería más y ordenó mudar la capital al país de Tsu. Los pobladores protestaron pero el asunto ya estaba decidido, así que, primero los funcionarios, después los nobles, siguieron al emperador hasta la nueva capital. La ciudad de Kioto una vez más volvió a sufrir: junto con la corte se fueron las riquezas, las casas fueron desmontadas y flotaron río abajo en balsas para la mudanza. Los terrenos quedaron vacíos y la gente empezó a cultivarlos.

Pero parece que el lugar donde se había instalado la nueva capital no era apropiado. Había poco espacio llano entre el mar y las montañas. Esto hizo que no se pudieran trazar calles. Para transitar solamente había unos pasillos muy estrechos. Los nobles que habían llevado sus carrozas hasta allí tuvieron que desarmarlas porque no había por dónde hacerlas pasar. Y lo que es peor: como los carros de transporte tampoco podían circular, llevar las mercaderías de un punto a otro de la ciudad era una verdadera tortura.

Todos se sintieron a la deriva,
como las nubes

escribiría Chomei en un poema varios años más tarde.

Por todo esto, la calidad de la vida bajó muchísimo y llegó un momento en que no se podía distinguir a un rico de un pobre porque todos vestían andrajos. El humor popular empeoró y el de la nobleza también. Así que el emperador ordenó regresar a Kioto e instalar otra vez la capital allí. Pero la vuelta acarreó otros problemas, porque las casas desmontadas no pudieron ser reconstruidas como antes. El resultado fue una ciudad más precaria que la que había existido antes en el mismo lugar.

Las desgracias del pueblo japonés no acabaron ahí. Un tiempo después hubo sequías e inundaciones en los campos y no se pudieron cosechar alimentos. Esto desató el hambre de toda la población. El tejido social, las formas y las costumbres establecidas hasta entonces, se trastocaron. Comer era la prioridad y para ello hubo quien robó y quien mató, quién saqueó templos y quién vendió hasta las maderas de su casa. Los ricos tuvieron que mendigar como pobres por las calles de la ciudad.

Para colmo, llegó la enfermedad. La enfermedad colectiva, la epidemia, casi siempre está relacionada con la pobreza, con la miseria. Combatir la pobreza es también combatir la enfermedad. La epidemia provocó la muerte de miles de personas. Los que no murieron de hambre murieron de alguna otra cosa. Ni los viejos ni los chicos ni los ricos ni los pobres quedaron a salvo de esto. Los cuerpos de los muertos se pudrieron en las calles, al sol, a la vista de todos.

El amor, sin embargo, no desapareció de la faz de la tierra. Padres sacrificaron sus vidas para que los hijos comieran y muchos compartieron lo poco que hubo con las personas que amaban. El hombre se puede volver fácilmente un animal, pero siempre hay algo adentro suyo que lo puede salvar.

Un buen día, las cosechas lograron restablecerse y poco a poco la población fue pudiendo volver a la normalidad, si es que a esa clase de supervivencia se le puede llamar normalidad.

Otro suceso extraordinario y desgraciado que le tocó en suerte presenciar a Chomei y padecer a la población de Kioto fue un terremoto. Hay muchos terremotos en la isla de Japón, y Chomei tuvo que vivir uno que desde su epicentro hasta los últimos temblores duró casi cuatro meses. Chomei escribió que el temblor de la tierra y el abrirse de las grietas “sonaron igual que truenos”. También dijo que

el terremoto, en verdad,
es lo más terrorífico del mundo.


Las casas, una vez más, se derrumbaron y animales y seres humanos se perdieron en las rajaduras del suelo. Chomei vio a un nene aplastado por una casa en ruinas. Su padre, un guerrero recio y duro, lloraba a los gritos y sin consuelo.

Después de haber sido testigo de todas estas desgracias y de todo ese dolor, a los 54 años, Chomei se retiró a lo profundo de unos montes llamados Hino y construyó una choza. Sus vivencias le habían enseñado que la vida es dura y trabajosa y que todo en este mundo es transitorio. Lo definitivo está en la otra vida.

En su retiro del mundo, Chomei se dedicó a la poesía y a tocar el koto y la biwa. El koto es un arpa japonesa de catorce cuerdas y la biwa es una espacie de laúd de cuatro cuerdas.

Su vida en los montes fue austera y mansa. Su choza era del tamaño justo y necesario para que cupiera un hombre, se alimentaba de bayas y frutos silvestres. Se dedicaba a meditar acerca de lo vano del hombre y sus miserias, pero sin juzgar a nadie en particular. También pensaba acerca de las propias miserias y los propios pecados.

Compuso un poema en el que narró toda su experiencia en el barro del mundo y lo tituló “Canto a la vida desde una choza”. Sus primeros versos nos dicen:

La corriente del río
jamás se detiene,
el agua fluye
y nunca permanece
la misma.

El griego Heráclito, el oscuro de Éfeso, había pensado algo similar siglos antes. El fragmento de su obra más conocido dice:

En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos].

Es casi imposible que Chomei tuviera conocimiento de Heráclito y su filosofía. Sin embargo, la observación atenta y reflexiva los había llevado a ambos al mismo puerto.

La fe de Chomei era la del culto Jodo, que predicaba la vacuidad de este mundo y la existencia de la salvación en la vida supraterrenal. En su poema, en el canto XI, dice:

La realidad de este mundo
viene de la mente.


El poema del sabio Chomei contiene muchos pensamientos profundos y de utilidad. En el canto IV recomienda:

Para entender
el mundo de hoy,
vale comparar
con el mundo de antaño.

Chomei pasó un breve tiempo en Kamakura enseñándole poesía al shogun Sanemoto, aparentemente sin mucho éxito, y enseguida volvió a su choza. Su destino y su voluntad estaban en la reclusión de los montes.

Ya con 60 años, a veces Chomei salía a pasear junto a un nene de diez años hijo de un guardabosques que vivía cerca. Resulta muy poética la amistad entre un viejo y un nene porque afuera de ella quedan los hombres que hacen y viven el mundo dañino. Es como si para volver a entender la infancia hubiera que recorrer un camino muy largo.

Algunos monjes lo visitaban de vez en cuando. Por las noches, en soledad, recordaba a viejos amigos y sucesos del pasado.

Un buen día, cuando contaba 62 años de edad, en el año 1216, Chomei falleció. Dadas las características de su religión, debe haber recibido la muerte con mansedumbre y esperanza. En su poema, para justificar la vida de anacoreta elegida, había escrito unos versos sencillos y enormes a la vez:

El mundo de hoy tiene sus maneras
y yo las mías.