Traidor
Evitando el ablande.
lunes, 8 de abril de 2013
miércoles, 27 de marzo de 2013
miércoles, 20 de marzo de 2013
viernes, 8 de marzo de 2013
Contra la falocracia capitalista
Si
sos mina, en el día internacional de la mujer trabajadora Groupon te manda
ofertas de peluquería y centros de estética a tu mail. Superofertas de alisado
definitivo y depilación eterna con fotos de chicas esbeltas en triquini. Esto,
por supuesto, irrita a las militantes feministas abonadas a Groupon, que
preferirían que se recuerde a las obreras quemadas en la fábrica de camisas
Triangle Shirtwaist, en Nueva York, en otro siglo diferente del nuestro.
Lo
que también irrita a las ultras del feminismo son las colaboracionistas: esas
mujeres que muestran el culo en las revistas y en el programa de Fantino, que abonan
el mito falocrático del príncipe azul haciéndole el juego a la logia machista que controla el mundo. Esas mujeres, por ser mujeres, son peores que
los jefes pajeros del microcentro que le regalan flores a la secretaria tercerizada:
cuando las amazonas controlen la
Tierra, esas chicas serán rapadas para que todos las
reconozcamos por la calle.
También
hay colaboracionistas más pacatas, menos putas pero más zorras, para hablar en términos falocráticos
y nada feministas, porque refuerzan la vieja tradición patriarcal de los
descendientes de Abraham. Son señoras medievales que cocinan y tienen hijos que
van al cole con uniforme, y además salen en la tele y apuestan a la familia
como modo básico de socialización. Maru Botana es el Aleph de esta clase de
mujeres: ella las contiene a todas desde el inicio de los tiempos hasta el fin
de los siglos. Maru es lo que ninguna mujer luchadora querría ser. La odiamos,
aunque se le haya muerto un hijo.
Porque
hijos se le mueren a cualquiera. A las gordas cooperativistas y manzaneras del
conurbano, por ejemplo, se les mueren porque los pisa el tren, porque los clavan para afanarles el celu, porque se pasan
de paco o porque a un sargento de la bonaerense se le cantó el culo fifarse un
pibe en el calabozo. Y toda esta lucha contra las trolas de la revista H y Maxim,
contra las monjas y el Papa, contra Scioli, Macri y De Vido, contra las
promociones del Banco Ciudad, todo este constante pujar y respirar, respirar y pujar
para parir un mundo en el que haya aborto gratis, maridos incendiarios presos, cantautores
políticamente correctos, etcétera-etcétera-etcétera, es por ellas, por las
señoras no escolarizadas de Berazategui y el Chaco. Aunque ellas ni lo sepan ni
les importe ni vayan a entender nunca los términos semiológicos en que se
expresa lo más culto de esta internacional dedicada al combate contra la cosificación
de la mujer. Y es una lástima que no lo sepan, porque si así fuera se unirían a las costureras chinas con menopausia prematura,
dejarían de lado las prebendas del Estado machista, devolverían la netbook y la AUH y la humillante jubilación
de ama de casa, y ganarían las calles y plazas y prostíbulos ruteros al grito de “¡mujeres del
mundo, uníos contra la dictadura del pito!”.
Igual,
si no te registrás antes, Groupon no te jode.
lunes, 4 de marzo de 2013
Llorar
Mi hermano monje me cuenta por carta una anécdota en la que mi papá se pone a llorar. “Fue la única vez que lo vi llorar”, me dice al final.
Yo, en cambio, lo vi llorar dos
veces. Una, la primera, fue un lunes, creo que de 1998. Ese día se había muerto
mi tía Eugenia y fuimos a su velorio en Bella Vista. Era de noche. En el camino
de ida pasamos por el Monumental, donde estaban por tocar los Stones.
Cuando llegamos a la casa quinta
donde había vivido Eugenia con todos mis primos y Joe Pat, mi tío, justo
estaban terminando de celebrar misa, ahí en el jardín. Había un montón de
gente.
A ella la velaron en el comedor
de la casa. El viernes anterior, de cuaresma, toda la familia había comido un
pescado en mal estado y algunos se habían descompuesto. Eugenia recién el lunes
se había sentido mal y la habían acompañado a una clínica dos de mis tías.
Mientras una entraba con Eugenia a la guardia, la otra se quedó estacionando el
auto. Antes de que terminara de maniobrar, mi tía salió a decirle que Eugenia
se moría o que ya se había muerto. Así de rápido.
Esa noche, cuando nos íbamos del
velorio de vuelta para casa, vi que papá se acercaba a un arbusto que estaba
cerca del portón de entrada. Todavía está, el arbusto. En la oscuridad, vi cómo
se secaba las lágrimas con un pañuelo. Fueron unos segundos nomás, y enseguida
volvió hacia donde estábamos nosotros caminando con los hombros caídos igual
que siempre.
Después, ya con el auto andando,
nos dijo a mi y a mis hermanos: “¿Me prometen que nunca se van a olvidar de su
tía Eugenia?”. No sé si le contestamos algo o no. Yo soy muy malo recordando voces y
algo mejor recordando caras, pero me
acuerdo bien de la cara y la voz de Eugenia. Quizá fue el énfasis que le puso
ese día papá a su pregunta lo que hizo que todavía hoy retenga el timbre agudo
pero suave de su voz.
Son raros los recuerdos sonoros, porque a veces van acompañados de imágenes que no son las que originalmente iban aparejadas a la frase o al sonido recordado. La cabeza hace una selección caprichosa, edita una voz junto a la cara equivocada.
Son raros los recuerdos sonoros, porque a veces van acompañados de imágenes que no son las que originalmente iban aparejadas a la frase o al sonido recordado. La cabeza hace una selección caprichosa, edita una voz junto a la cara equivocada.
No recuerdo haber visto lagrimear
a papá cuando se murió mi abuela, su madre, el 1º de enero del 2002. Me
acuerdo, sí, del calor que hacía y del velorio con música ambiental de
cacerolazos.
La otra vez que vi llorar a mi
papá fue exactamente el 17 de octubre del 2006. Yo había faltado al trabajo
para ir con él al traslado de los restos de Perón desde la CGT hasta San Vicente. Hubo
muchos que estuvieron. No sé si hace falta describir la escena: los obreros
apostados con sus overoles y cascos amarillos en la escalinata de la Facultad de Ingeniería,
Moyano con la cureña, la hora y media que tomó hacer cuatro cuadras hasta la
autopista. Y todo lo que siguió.
Cuando la cureña salió escoltada
por los granaderos, nosotros estábamos justo en la esquina de Independencia y
Azopardo. Yo me había subido a unos pilotes de cemento que hay en esa esquina
para poder ver mejor. Mientras iba pasando el cortejo por la calle y la gente
se amontonaba a su alrededor cantando la Marcha, miré abajo, hacia mi derecha. Ahí, a unos
metros mío, estaba papá con el cuello estirado como para poder ver, agitando un
pañuelito blanco con una mano a modo de saludo, llorando con cierta calma. Lo
que más me llamó la atención fue la paz con que lloraba papá. Es raro, pero es
así.
Obviamente, el asunto me hizo
lagrimear a mí también.
En mi memoria, los respectivos
pañuelos de cada llanto son uno solo. También son un único saco los sacos que
llevaba puesto mi papá cada vez. Mi papá también es uno solo en mi memoria,
aunque entre lágrima y lágrima haya habido un período de 9 años durante el
cual, sin dudas, envejeció. La memoria tiene esas trampas.
Sé positivamente que lloré
delante de mi hijo mayor al menos una vez, que fue cuando enterraron en la Chacarita a papá. Estoy
casi seguro de que mi hijo no lo recuerda ni lo hará porque tenía solamente
siete meses. Mi hijo menor no creo que me haya visto llorar todavía.
Lo que no sé es cuántas ni cuáles serán las veces que mis hijos vean llorar a su papá. Muchísimo menos cuáles serán las que recuerden cuando yo ya esté muerto y uno le cuente al otro sobre la vez en que me vio llorar.
Lo que no sé es cuántas ni cuáles serán las veces que mis hijos vean llorar a su papá. Muchísimo menos cuáles serán las que recuerden cuando yo ya esté muerto y uno le cuente al otro sobre la vez en que me vio llorar.
viernes, 18 de enero de 2013
Charla de mascotas
-¿Brasileras?
-Sí, brasileras, blancas, de este
tamaño…
-Pero hay que ser un boludo para
ir a comprar justo ahí…
-¿Y qué querés?
-Ta bien que te compres un
jogging, una camiseta de fútbol, ¿pero un caniche toy?
-Les dan esteroides, anabólicos,
no sé qué mierda, y quedan infladitos, vos ni te das cuenta. El hocico medio
que les desaparece, están mofletudos. Te los llevás a tu casa en una cajita,
porque la gracia de esos perritos es que son así, mínimos, y entonces, recién
ahí, ves que hay algo que no es normal.
-¿Quién te contó?
-Le pasó a mi cuñada. Se lo llevó
a sus pibes. Estaban chochos. Pero al poco tiempo, no sé, un par de horas, van
y le dicen “Ma, le pasa algo al perro este”. “¿Qué le pasa?”, dice ella. “No
ladra, ¿no?”, les dice enseguida a los pibes, ya dándose cuenta de que en todo
el viaje el caniche no había ladrado ni una puta vez. “No, no”, le dice la más
grande, “No es eso, es que está caminando por la pared de la cocina”.
Luis se ríe y Julio toma un sorbo
de café. Sigue:
-“Bueno, debe estar saltando”,
piensa y dice ella casi al mismo tiempo, pero a la vez está pensando en que el
bicho no ladró ni una sola vez desde que lo compró. Y los pibes le dicen “no,
no, no está saltando, está caminando por la pared”. Entonces va a la cocina y
el caniche hijo de puta está arriba de la mesada, parado en dos patas,
mordisqueando una manzana de la frutera. Y ella va y lo agarra y lo vuelve a
guardar en la cajita y les dice a los chicos “a este perro le pasa algo, así
que no lo jodan”.
Julio vuelve a tomar café.
-¿Y entonces?-, dice Luis.
-Cuando llega mi hermano a la
casa, quiere ver el perro nuevo, y ella le dice otra vez lo mismo que a los
chicos: “a este perro le pasa algo”. Mi hermano va hasta la cajita, abre y ahí
está el bicho, sin ladrar, sin hacer nada, acurrucado. “Vamos al veterinario”,
dice mi hermano. Entonces van y lo llevan y mi cuñada le dice al veterinario “a
este perro le pasa algo” y le cuenta que los chicos dicen que caminó por la
pared. El veterinario lo revisa y le dice “esto no es un perro, es una rata”.
-¡Qué hijo de puta!
-Y ahí les dice que es una rata
brasuca y todo lo otro.
-¿Y qué hicieron con el bicho?
-Lo tiraron a la mierda por ahí,
capaz que ya se murió o se fue a vivir a los caños. O a lo mejor lo juntó algún
otro pelotudo y todavía piensa que tiene un caniche toy en la casa.
-O sea que hasta los caniches son
truchos en La Salada.
Ahora el que se ríe es Julio, que
contesta:
-Y sí…
-Bueno-, salta Luis. –A una vieja
que vivía arriba de lo de mi vieja también le pasó algo, no parecido, distinto.
Julio agarra un sobrecito de
azúcar del plato y sonríe. No dice nada.
Luis sigue:
-Vivía sola la vieja. Y se compró
o le regalaron una boa. De esas constrictor. Le daba de comer todos los días.
La tenía suelta por la casa, viste, esos bichos son enormes, no los podés tener
en una pecera. Al principio todo bien con la víbora. Hasta dormía con ella, en
la cama. Pero al tiempo la vieja empieza a notar un par de cosas raras como que
la víbora se come cualquier cosa. Ella entra a la cocina y la encuentra
comiéndose paquetes de fideos. Pero enteros, con envoltorio y todo. Latas,
rollos de servilletas. Cosas así. La boa empieza a comer más y más, cualquier
cosa come.
-¿Y la vieja?
-La vieja se preocupa un poco. “A
lo mejor se está queriendo purgar”, piensa. Y le habla por teléfono al hijo,
que vive afuera, en otra provincia, para que cuando venga a visitarla la
acompañe al veterinario a ver qué le pasa, porque ella sola no puede ir con ese
pedazo de animal. “No te preocupes”, le dice el hijo. “Yo voy en dos semanas y
la llevamos”. Bueno, la vieja se queda tranquila. Mientras tanto, va notando
que la boa, a la noche, se le acomoda todo a lo largo del cuerpo. ¿Entendés?
-No, ¿cómo?
-Claro, la víbora ya no duerme
enroscada, como antes, duerme pagada a ella, estirada al lado de su cuerpo.
-Ah, sí, sí. Dale.
-“Debe estar buscando calor”,
piensa ella, que ya está encariñada con la boa. Esto se lo comenta al encargado,
que es el que se lo dice a mi vieja. Bueno, pasa el tiempo. La vieja sigue
esperando que llegue el hijo a la ciudad. Mientras tanto, la boa come como la
puta madre y se va haciendo más grande, va engordando. Llega un punto en que es
casi tan larga como el alto de la vieja.
-¿Voy pidiendo la cuenta?-,
interrumpe Julio.
-Dale, si lo ves al mozo…
-Bueno, ¿y?
-Bueno, al final llega el hijo un
buen día. Primero toca el portero eléctrico y no le contesta nadie. Abre la
puerta de calle con su llave y justo se cruza con el encargado, que lo conoce,
y le pregunta si su madre salió a la calle o algo así. El encargado le dice que
la verdad es que hace varios días que no la ve. El hijo sube hasta el depto,
toca la puerta, por convención nomás, y ahí abre con su llave. El encargado va
con él recorriendo las habitaciones de la casa, llamando a la vieja en voz
alta. Cuando llegan a la pieza la encuentran. La boa ya tiene casi todas las
piernas adentro de la boca, ¿viste cómo dilatan la boca para comerse un
antílope?, bueno, así. La vieja no se mueve. Después del primer susto, entre el
encargado y el hijo a la boa la hacen cagar a cuchillazos, a palazos, no sé.
-Y la vieja con las piernas
hechas mierda, me imagino…
-Sí, calculo que sí. ¿Pero
entendés? La víbora la había estado midiendo todo ese tiempo y había estado
engordando para comerla. Y la vieja toda encariñada, preocupada por la salud
del bicho.
-Y la encuentran justo a tiempo…
-No, ¡¿qué justo a tiempo?!
Cuando el hijo y el encargado la encuentran, la vieja ya cagó fuego en ese
momento, porque la boa antes de comerte se te enrosca alrededor del cuerpo y te
estrangula, te hace mierda los huesos, te asfixia. Tendrían que haber llegado
un día antes por lo menos.
-Jodido-, comenta Julio
sonriendo, y levanta la mano mirando al mozo. Cuando el mozo le devuelve la
mirada, él le dice:
-¿Me cobrás?
miércoles, 2 de enero de 2013
Un sueño muy particular
Corría el año 1910. La
Argentina del Centenario se entregaba al opulento y
despreocupado sueño de ser, como dijera Rubén Darío, el granero del orbe. En aquel mismo año, David Alleno, un cuidador
del cementerio de la Recoleta
de origen genovés, cumplió, él también, su propio sueño de abundancia: tener
una tumba en el cementerio.
Durante años había ahorrado con esfuerzo y muchas privaciones cada
peso de que había dispuesto y, al fin, había conseguido reunir la suma
necesaria para la construcción de la tumba. Entonces, viajó a Italia y encargó
al escultor Canepa la confección de una estatua de sí mismo, vestido de
cuidador, delante de una escoba y una regadera, y con un gran manojo de llaves
en una de sus manos. Luego, la hizo traer a la Argentina y la colocó,
con mucho cuidado, en la bóveda que había adquirido.
A algunos les pareció un acto genuinamente aristocrático, a otros, un
gesto de soberbia desmedida, y a otros, simplemente un apuro, el que, una vez
terminada la construcción de la tumba, Alleno se suicidase para poder ocuparla.
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